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“Los proyectos salen cuando hay empeño, y las mujeres nos identificamos por la constancia”

By 16 octubre, 2020 No Comments

A Ana Inmaculada Adeba Vallina, natural de Avilés pero asentada en Oneta (Villayón) desde hace 35 años, el reconocimiento como Mujer Rural de Asturias 2020 la pilló de sorpresa. Sabía que era candidata en la edición anterior a través del CEDER Navia-Porcía, pero no sabía que este año repetía. Lo considera como “reconocimiento personal del trabajo de todas las mujeres del campo”, afirma esta bióloga de formación que un buen día se mudó a este concejo del occidente junto con su marido, veterinario rural, buscando un lugar donde formar una familia.

Y allí creó también su propia empresa, una yeguada y una casa rural de nombre Albéitar (como también se conoce a los veterinarios), a los que han seguido un buen número de proyectos, todos basados en el medio y el mundo rural, en la enseñanza y la transmisión de valores, luchando por crear un centro desestacionalizado de trabajo.

– Llegas a Oneta por el trabajo de tu marido, pero de este enclave te creas tu empleo.

– Busqué algo que pudiera hacer, me gustaba criar caballos como hobby y acabé dedicándome a ello. Tuve que hacer una inversión y conté con la ayuda familiar. En el campo nadie puede hacer nada solo. La finca, de 30 hectáreas, donde luego hicimos el caserío, no era pradería, sino toxo y matorral. Hubo que transformarla a pradería fértil y metimos vacas de carne, que son unas trituradoras de toxo. Tenemos un proyecto de futuro y alicientes: se pueden hacer muchas cosas en el campo, y mis hijos también quieren quedar aquí.

Cogí el albergue de Oneta en un concurso allá cuando se empezaba a hablar de desarrollo rural. Así aprendí a redactar proyectos y empezaron a funcionar las redes de desarrollo rural para los planes de empresa, con desplazamientos a otros lugares para ver lo que se hacía, facilitaban herramientas para formación… También hay papeles y burocracia, que cubren los grupos de desarrollo rural: te facilitan ayudas, pero nunca al 100%. La gente hace las cosas porque cree que te lo pagan. No, de eso nada: hay que hacer para reactivar la economía de las zonas aisladas, que pierden posibilidades de desarrollo y ahora veo que la red de Internet va a llegar a todas partes por el tendido eléctrico.

READER es una red de desarrollo rural y las mujeres somos un nudo de conexión en este desarrollo. Los proyectos salen cuando hay empeño, y las mujeres nos identificamos por la constancia. Esto nos ayuda a mantenernos en el tiempo. Ya las mujeres del Neolítico cuidábamos de la casa, de la prole, plantábamos y procurábamos el asentamiento en el territorio. La mujer es siempre el núcleo de la familia y de ahí el abandono de las zonas rurales. Las familias son las que recolonizan el territorio rural.

» En el campo nadie puede hacer nada solo»

– La figura de la mujer hace un viaje de ida y vuelta: es la que emigra porque busca otras opciones y una de las consecuencias es la despoblación. Además tú estás asentada en zona de mayorazgo, donde el que heredaba era el primer varón.

– Era la salida a la que te obligaba el mayorazgo. Antropológicamente se buscaba al mejor para mantener la casa y la débil valía para ir a casa de otro. O para salir y prepararse. Toda una generación se iba de casa para prepararse con una formación media y de ahí que hay muchas mujeres aquí que se dedican a trabajos de cuidados: maestras, enfermeras… Ahora experimentas el orgullo de trabajar para ti, no para otros en este contexto de los mayorazgos que se dan en esta zona.

Yo lo he visto con el trabajo con los caballos: voy mucho al sur y allí hay un propietario que tiene mucho servicio. Culturalmente es diferente el norte con los minifundios, lo que también te aporta un orgullo de propiedad. Cuando tienes tierra, la defiendes, lo que antropológicamente tiene un fundamento: te permite vivir y diferenciarte. Es diferente los propietarios de minifundios del norte a los grandes terratenientes del sur: es diferente tener una propiedad a que alguien te explote.

«Antropológicamente se buscaba al mejor para mantener la casa y la débil valía para ir a casa de otro»

– Afirmas que te hiciste ganadera porque eres madre, ¿cuál es la relación?

– Quería ocuparme de la educación de mis hijos y las posibilidades laborales me iban a obligar pasar el día fuera. Busqué y pude elegir. Me dediqué por entero a ello. No fue sencillo, porque es un trabajo duro, y luego mis hijos se involucraron también.

Lo que yo veo como pilar de la mujer rural es el desarrollo de la familia: somos familia de familias. Al final es una red. Una estructura celular es similar a una estructura familiar, como en la portada del libro de Jaime Izquierdo Vallina ‘La casa de mi padre’. La mujer se encargaba de cocinar, y esto era el alimento del cuerpo y del alma.

– Uno de los condicionantes de las mujeres que son madre es la conciliación. ¿Es el medio rural un incentivo en este sentido?

– La estructura rural clásica lo tenía solventado porque los viejos cuidaban de los jóvenes y los jóvenes de los viejos. La estructura familiar celular acaba siendo la estructura de la sociedad. Todo estaba en casa: no hacía falta guarderías ni residencias. No quiero decir que sea lo óptimo, pero somos el resultado de la historia.

Ahora es más complejo. La norma es que tenemos que cuidarnos unos a otros: y lo tiene que hacer la persona más capaz, la que le toque o quiera, pero no debe conllevar una desigualdad. Tiene que haber libertad para elegir y para ello salir todos el mismo punto de partida. Son lugares de decisión no impuestos. La libertad la da la preparación y no el sexo. Ahora todos podemos formarnos, pero hace años no. Si puedes elegir libremente te vas a encajar en una estructura capitalista que te va a exigir el doble.

«El esfuerzo puede estar tutelado, pero sin voluntad no hay resultados»

– Las zonas rurales son propicias para emprender, entonces.

– Es cuestión de animar. Hay incentivos, pero tiene que haber voluntad. No se puede llorar y estar parados. Ahora hay mucha colaboración pero tienes que comprometerte con tu proyecto, no esperar que te lo hagan todo. El esfuerzo puede estar tutelado, pero sin voluntad no hay resultados.

– Cuenta con una ayuda LEADER del CEDER Navia-Porcía. ¿Cuál es su valoración de esta ayuda de cara a animar a otras personas que quieran emprender.

– Son varias ayudas. El CEDER y yo somos viejos amigos y ahora estamos con otro proyecto muy interesante. Cuando tenía once años gané un premio en un concurso de redacción en Avilés que consistía en plantar un árbol con el alcalde y me daban una medalla de oro. Tal medalla no era de oro y el alcalde no estaba en condiciones de ir a plantar un árbol en el campo. Siempre me gustaron los caballos y los árboles. La finca no tenía ni un árbol y ahora vamos a llevar a cabo una plantación forestal con fertirriego de castaños y avellanos a gran escala. En ese proyecto estamos ahora, lo que nos lleva a modificar las vacaciones para aprender y formarnos en esto. El CEDER puso cursos a nuestra disposición. Hay proyectos que son complejos y los centros de desarrollo te orientan y facilitan el contacto de los que entienden: es importante tener el teléfono del que entiende.

Hay que ser muy eficientes para montar un negocio. Nosotros creamos empleo, riqueza. Hay herramientas para formarnos y emprender independientemente de que seas hombre o mujer, pero necesitamos que las comunicaciones lleguen a todas partes. Todo es una cadena donde cada eslabón es imprescindible. Hoy en día hay más posibilidad de servicios que cuando vine yo aquí, es más fácil. Lo imprescindible es mantener las comunicaciones que hay y crear otras nuevas. Reparar cualquier cosa en el campo es más caro porque nos dicen que somos pocos, pero por eso tampoco vienen o se quedan más personas aquí. Es una pescadilla que se muerde la cola.

Albéitar los concebimos como un centro de trabajo desestacionalizado, como también se desestacionaliza trabajando unos meses desde la ciudad y otros desde el pueblo: Nosotros compartimos estos espacios con otra gente que busca otras cosas, sobre todo ahora con esta situación y las ciudades son un enemigo potencial.

«Las ayudas son ayudas, pero hay que responder a las facturas del banco»

– En tu currículum destaca la diversificación.

– En todas las casas de pueblo había gochinos, gallinas, castañeos, maíz… Todo ya está inventado. La civilización parte de lo rural, no de las ciudades. Te metes por cualquier caleya y ves nuestra historia. Cuando llegué aquí había una señora mayor que contaba que ella bajaba al molino de las cascadas de Oneta con el saco de la molienda, recogía ramas para el fuego… Lo que para otros es lúdico, como es este recurso turístico, para ella era su duro trabajo de la infancia. Si se abandona la ganadería, se pierden las praderías. Es la colonización botánica que no da lugar a un bosque autóctono hasta dentro de muchos años, sino a matorral que supone el peligro de los incendios. Por eso Asturias es un polvorín: el matorral arde más fácil que el pasto y el bosque. Más luego la presencia del jabalí, el lobo…

– ¿Cómo se diversifica y no se muere en el intento?

– Con mucha ilusión y compartiendo con todos los miembros del equipo. Y también sabiendo que no es una aventura, sino planificando económicamente. Las ayudas son ayudas, pero hay que responder a las facturas del banco.

» No somos el jardín de las ciudades, sino estructuras productivas»

– Tradicionalmente el trabajo del campo era comunitario: andechas, sestaferias… ¿Dónde quedó? Tú afirmas que ninguna persona puede desarrollarse en el mundo rural siendo uno solo, siempre necesita de los demás.

– Que se hacía y que ya no se puede hacer. Cuando llegué el pueblo colaboraba, ahora se encarga el ayuntamiento y tienes impuestos. Te acomodas a los servicios, lo que te libera de la responsabilidad, pero te aleja de ella. Pagas tasas para que te hagan el camino cuando otros quieras, como ellos quieran, si quieren y cuando a lo mejor no se necesita. Igual ocurre con la soberanía alimentaria que había en el pueblo.

En la red colaborativa dependían todos de todos pero ahora el que organiza la red no tiene nada que ver con ella. Evolucionamos pero hay que dejar a los pueblos como estructuras vivas y no como parques temáticos para que todo el mundo venga a ver al lobo. No somos el jardín de las ciudades, sino estructuras productivas.

– Entre las actividades que desarrolláis incidís en educar y transmitir valores.

– Pretendo que la gente aprecie la diferencia entre un animal doméstico y uno salvaje. Aquí los críos ven cabritos y luego no quieren comerlos en el restaurante. Tienes esos animales de manera respetuosa para cumplir una función. Disney hizo mucho daño en muchas cosas. Es contradictorio decir qué pena cuando se desteta a los xatos pero te tomas la leche por debajo del precio de producción a costa del trabajo de los demás.

– Tus dos hijos son continuadores de tu trabajo.

– Profesionalmente se han formado en esto. Mi hijo mayor, Beni, es veterinario y tecnólogo de alimentos, además de tener un máster relacionado. Lleva la dirección técnica de la ganadería. El pequeño, Borja, está centrado en los caballos, es el experto y el relaciones públicas. Es el alma máter, está en primera línea con los niños, enseñando la granja. La idea es que ambos continúen con esto.

Yo me centro más en la educación ambiental con aves rapaces. Esto es como la casa de la abuela: no vienes solo de vacaciones sino que aprendes de manera indirecta. Les enseñas a caminar y observar el campo, a seguir los rastros y disfrutan como un explorador.

«Las crisis siempre son momentos de oportunidades»

– Agroturismo, agroforestal… tras la pandemia, ¿el futuro pasa por el medio rural sólo con actividades meramente agrogranaderas?

– Las crisis siempre son momentos de oportunidades. Yo apunto al teletrabajo. Aquí ya hay gente que lo está haciendo: vienen a teletrabajar a nuestra casa, ven que hay colegio en Villayón con 10 alumnos… Eso es un privilegio frente a uno de Madrid que paga por un colegio privado al mes. La tranquilidad y la libertad que te da vivir en un pueblo. Aquí un niño de 4 años va al gallinero y trae un huevo tras recorrer él solo 200 metros, una distancia que en Madrid no lo va a andar solo en años. Los que vienen relacionan a Asturias con nuestra casa, y eso es un orgullo. Es un lugar de vacaciones con condiciones de seguridad.

Este año se dio un crecimiento espectacular del turismo rural y se descubrió lo que hay a la puerta de casa. En verano no te viene gente de dentro de Asturias y este año se redescubrió el pueblo por el turismo y ya están mirando casas. Estamos a una hora de Oviedo. Cuando yo vine aquí se tardaba tres horas… En 35 años las cosas cambiaron mucho. Yo eché muchas horas de carretera. Ahora voy a comprar a Oviedo y no me pasa nada.

– ¿Cómo cambia la percepción que se tenía del campo cuando te fuiste a Villayón en el 84 a ahora?

– Brutal, y la despoblación también. Cuando yo vine había como 25 niños en Oneta. Ahora quedan mis hijos y dos más. Los otros están en otra parte. Mucha gente se fue y la población está envejecida. La ganadería tradicional no es muy viable por la orografía complicada, pero hay otras cosas. Depende mucho de la libertad para elegir de cada cual, y las oportunidades de trabajo. En cambio me cuesta encontrar mano de obra estable.

– ¿Y cuando dijiste que te ibas a Villayón?

– Ni me lo planteé. Buscábamos dónde asentarnos. No fue una reflexión: vamos a hacer una familia y vamos donde podamos hacerlo.