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El ocaso de las brañas

Asturias

19.01.2010

Un libro analiza la naturaleza y la actualidad de los emplazamientos que han dado cobijo a pastores y ganaderos en el territorio asturiano - Javier Chao, autor del estudio, destaca que brañas y majadas son los bienes etnográficos peor representados y más olvidados

Oviedo, M. S. MARQUÉS

Desde la costa de Cudillero hasta las majadas de los Picos de Europa se extiende el territorio de las brañas asturianas, hoy parte de una práctica residual que tuvo el ganado como motor de su economía de autosuficiencia. Era el modo de vida de un buen número de familias que tenían en los productos derivados de su explotación la única vía de subsistencia. Las brañas, más conocidas como majadas en el oriente asturiano, están situadas en lugares de gran belleza pero también sometidos a la dureza de la altitud y el aislamiento. Ocupadas por pastores y ganaderos, con una cultura propia presidida por la trashumancia, los vaqueiros dejaban el ganado libre y salvaje durante el verano para recogerlo en los duros inviernos de la montaña asturiana.

La historia de las brañas asturianas es recogida con gran despliegue gráfico en el libro recientemente editado por Cajastur del que son autores Francisco Javier Chao Arana (textos) y Fernando Fernández Álvarez (fotos). En él analizan la vida campesina y lo relativo a su estructuración y sus creencias, permitiendo conocer cómo entre sus habitantes el ganado es un bien individual aunque «su cuidado y explotación como recurso primordial suele ser colectivo y en ocasiones único». Es precisamente esta norma la que va a condicionar la existencia de estructuras abiertas frente a las más conservadoras del agricultor, lo que también se deja notar en una arquitectura adaptada a las condiciones de la montaña, donde el ganado comparte espacio con el pastor.

El movimiento estacional del ganado tuvo gran importancia en la economía ganadera asturiana; pero no sólo eso, también ha dejado su impronta en la arquitectura, lenguaje, formas de vida? no en vano, «la trashumancia, desde el punto de vista exclusivamente económico, es el instrumento para la colonización desde tiempos inmemoriales de nuevos y marginales pastos y lugares de pastoreo».

De su recorrido por las brañas asturianas, Javier Chao destaca el gran número de este tipo de asentamientos, la variedad y la riqueza agrícola y humana, además de las diferencias entre ellas. Una de las cuestiones que más han llamado la atención de los autores del libro es precisamente la escasa atención que merecen estos parajes: «Son los bienes etnográficos peor representados y los más olvidados», comenta Chao, sorprendido de que en los planes generales de ordenación urbana (PGOU) de muchos ayuntamientos las brañas no estén incluidas. «Sólo se cita que existen brañas, de manera general». A su juicio, este desinterés puede ocasionar problemas a la larga, cuando los ayuntamientos quieran cambiar su funcionalidad por falta de uso.

La decadencia de la agricultura de montaña y el envejecimiento de la población están detrás del abandono de la trashumancia. En la actualidad apenas quedan pastores, si descontamos los pocos que en las majadas de la zona oriental se dedican a la producción de queso. En muchos otros lugares, las brañas acabaron convirtiéndose en pueblos o en lugares con cabañas de fin de semana, lo que no es de extrañar dado los impresionantes emplazamientos donde están ubicadas.

Fernando Fernández Álvarez visitó con su cámara fotográfica, a lo largo de todo un año, un centenar de brañas. Fue un trabajo duro, de mucho madrugar y patear, pero estimulante. Para su tarea estableció un guión por estaciones e inició el trabajo de campo. «Intentamos ir a las que sabíamos que tenían un poco de vida, para retratar a los pastores con el ganado o haciendo queso». Fue un periplo del máximo interés del que el fotógrafo sacó sus propias conclusiones una vez conocido de cerca el estado de los emplazamientos. «A pesar del abandono general, aún se pueden encontrar en Asturias entre cuarenta y cincuenta brañas que aún conservan la esencia y el aspecto de hace un siglo», asegura. A ese mantenimiento ha contribuido, sin duda, la inexistencia de acceso rodado. Son precisamente las brañas que se levantan en lugares más recónditos y alejados las que se mantienen más inalteradas.

La Nueva España