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Mujeres en los espacios rurales de Castilla y León

España

24.06.2010

Es preciso solucionar los problemas que dificultan la permanencia de las jóvenes en el espacio rural fortaleciendo el arraigo, de forma que consigan lo que Cecilia Díaz Méndez denomina ser «modernas pero de pueblo».
El casi medio millón de mujeres que viven en alguno de los más de 2.000 municipios rurales de Castilla y León no constituye nada excepcional. Como la mayoría de los habitantes regionales y, desde luego, como el resto de las mujeres de la Comunidad, aspiran a desarrollar su actividad cotidiana en un entorno agradable y cómodo que les ofrezca posibilidades de desarrollo personal y familiar en condiciones similares a las de las áreas urbanas. Entonces ¿por qué las continuas referencias a su importancia? ¿por qué la preocupación constante por su permanencia, que llena páginas de prensa, estudios, informes y normativas legales? Sobre ellas se hace recaer el futuro de los espacios rurales y su ausencia o su presencia se ha convertido en tema básico de la agenda política y el debate social de la región. ¿Será porque cada vez son menos? ¿Será porque cada vez son más necesarias?
 
En las últimas décadas venimos asistiendo a una pérdida significativa de población en los espacios rurales, pero, como es bien sabido, esa sangría poblacional afecta especialmente a las mujeres jóvenes, provocando un grave proceso de masculinización entre los adultos jóvenes, al que se suma un significativo sobreenvejecimiento femenino en los grupos de personas mayores.
 
Desde mediado de los años 80, el nuevo contexto de diversificación productiva ha introducido cambios significativos en la asignación social de funciones a los espacios rurales. Además de áreas productoras de alimentos, se han convertido en espacios de ocio y reserva patrimonial para una demanda básicamente urbana, lo que ha generado la aparición de nuevas actividades económicas en cuyo desarrollo las mujeres tienen una participación fundamental. La atención a la población residente se encuentra también en manos mayoritariamente de las mujeres de los propios espacios rurales.
El resultado es una situación en que las mujeres residentes en espacios rurales son cada vez menos y, sin embargo, su presencia se ve como esencial para el mantenimiento de las estructuras sociales y económicas de estos espacios.
Ante esta realidad, la gran preocupación de las administraciones, las asociaciones y los investigadores es: ¿qué impulsa a las mujeres jóvenes a dejar nuestros pueblos? El diagnóstico está hecho y es evidente para cualquier persona que se haya interesado mínimamente por el tema: la huida de las jóvenes está directamente relacionada con las deficiencias que encuentran para cumplir con el objetivo señalado al principio de este texto. Ni las condiciones del mercado laboral, ni la oferta y acceso a los servicios, ni los entornos sociales ofrecen posibilidades de desarrollo personal en las mismas condiciones en los espacios rurales y urbanos.
 
El mercado laboral, limitado, escaso, disperso y poco cualificado, impulsa a escoger entre una difícil y obligada movilidad o la aceptación de puestos de trabajo peor adaptados a sus perfiles formativos, pero más fáciles de conciliar con las labores de responsabilidad familiar, todavía mayoritariamente asignadas a las mujeres. Las actividades agrarias, tradicionalmente masculinizadas, siguen negando la visibilidad del trabajo femenino. La industria rural más feminizada, como el textil, se encuentra en vías de desaparición por mor de la competencia internacional, de forma que los servicios, especialmente de baja cualificación, se han convertido en el mercado de trabajo femenino por excelencia para las mujeres rurales.
La dispersión característica de nuestro poblamiento dificulta el desarrollo de una dotación de servicios de calidad y, sobre todo, con accesibilidad similar a las áreas urbanas. Especialmente problemática, por lo que implica de dificultades añadidas para la inserción laboral de las jóvenes rurales, es la escasez de servicios de atención a personas dependientes, que faciliten la conciliación de la vida laboral y familiar, la cual, aún constituyendo un problema social, sigue recayendo fundamentalmente sobre las mujeres.
 
Las estructuras sociales que perviven en los espacios rurales mantienen todavía hoy un mayor control sobre las mujeres que sobre los hombres, dificultando la independencia femenina y reforzando el mantenimiento de los roles tradicionales según los cuales las mujeres tienen asignadas en exclusividad las labores reproductivas.
 
Las actuales investigaciones sobre las mujeres rurales han abierto una nueva línea de estudio centrada en el análisis inverso del problema, preguntándose ¿por qué se quedan las mujeres que se quedan en el medio rural? Las respuestas iniciales, según Rosario Sampedro, apuntan a la revalorización de lo rural como espacio con valores positivos, incidiendo en los nuevos conceptos de redefinición de lo rural, y en las nuevas estrategias de arraigo basadas en la idea de conectividad y movilidad y en la de integración entre espacios rurales y urbanos que no se perciben como elementos separados ni contrapuestos.
 
Las posibilidades de intervención que se abren ante los responsables de las políticas de desarrollo rural y ordenación del territorio, deben orientarse a la doble perspectiva de solucionar los problemas que dificultan la permanencia de las jóvenes en nuestros espacios rurales, y a reforzar los valores positivos que fortalecen el arraigo, de forma que las jóvenes consigan lo que Cecilia Díaz Méndez denomina ser «modernas pero de pueblo». 
El Norte de Castilla